Se da una suerte de erosión progresiva y acelerada de los dispositivos que aseguran el lazo social, asumiendo dimensiones críticas. Los síntomas de esta crisis son claros: el confinamiento en lo privado, la anomia, la exclusión, el desempleo masivo, la desafiliación y la declinación de los sujetos políticos sociales, surgidos en el marco de la modernidad.
De Ipola
I. Introducción: El trabajo que presentamos, refiere a la problemática de la cohesión social, que hoy, nuevamente, retorna como preocupación central del conjunto de actores sociales, convocando tanto a gobiernos e instituciones de desarrollo territorial como a cientistas sociales, politólogos y organizaciones de la sociedad civil preocupados, estos últimos, frente a la necesidad de dar respuestas mediante la formulación de políticas públicas que mitiguen y reviertan los problemas de crecimiento, desigualdad, fragmentación y exclusión social.
La sociedad actual, no sólo presenta un profundo deterioro en los lazos sociales y de solidaridad, sino que también está cada vez más expuesta a riesgos globales[1], que para Ulrich Beck remiten a las crisis ecológicas; al deterioro ambiental; a las asimetrías sociales y económicas crecientes entre los países; a la colisión de intereses intergeneracionales en materia de sustentabilidad; a los riesgos del sistema económico-financiero internacional y todo ello, en un contexto a su vez, de complejidad e incertidumbre crecientes que caracterizan al mundo en el que vivimos.
El trabajo se estructura en torno a los siguientes aspectos: una breve caracterización contextual para distinguir los rasgos más sobresalientes del presente; relación entre cohesión e inclusión social, democracia y desarrollo; el aporte de la Educación Superior frente a los nuevos desafíos que plantea el contexto y finalmente las conclusiones de tono ensayístico, así como sus recomendaciones y propuestas de acción.
II. La sociedad en que vivimos
La cuestión social, difundida ampliamente hacia fines del siglo XIX, remitía, a los desajustes de la sociedad industrial en pleno desarrollo, que como sostiene Robert Castel, la respuesta a la misma fue el impuso de un conjunto de dispositivos para promover la integración de las masas que habían quedado marginadas de los circuitos productivos, que amenazaba fuertemente el sistema de solidaridades, que se asentaba en la reproducción de un orden fundado en la tradición y la costumbre.
En el siglo XX, la solidaridad se convertía en la asistencia voluntaria a la sociedad por ella misma, siendo el Estado el responsable de garantizar el bienestar general.
El siglo XXI muestra el quebranto de las regulaciones puestas en obra en el marco de la sociedad industrial y conviven como sostiene Garretón, en el presente, dos modelos societarios[2] . El modelo industrial, y la sociedad post-industrial, globalizada, interconectada o interrelacionada o como se la prefiera nombrar, que presenta cambios, rupturas, continuidades y discontinuidades.
La sociedad industrial, con un Estado fuerte, se organiza en torno al trabajo, la política, la producción. Tiene un centro o polis, desde donde se toman decisiones. El Estado ocupa un lugar protagónico. Es un modelo societario, con fuerte presencia de instituciones (escuela, familia, sindicato, parlamento, partidos políticos). Estas instituciones generan fuertes lazos de identificación y pertenencia. La escuela, el liceo, la universidad “son lugares donde se desarrolla la personalidad, se reproduce la herencia cultural, se producen y reproducen los conocimientos, se prepara para la ciudadanía y el trabajo” (Garretón, 1999). El Estado, a través de sus instituciones aparece como distribuidor de solidaridades. El trabajo como mecanismo de integración, cohesión social y generador de movilidad social ascendente.
La sociedad post-industrial, se desarrolla en torno a la comunicación y al consumo y está atravesada por dos fenómenos: el proceso de globalización con implicancias políticas, económicas, sociales y la constitución de nuevas identidades: “múltiples, algunas rígidas y permanentes, otras evanescentes y efímeras, pero todas ellas irreductibles a las identidades tradicionales (cualquiera sea la vigencia actual de estas últimas)” (De Ipola, 1998).
El principio de cambio, avance o transformación de este tipo societal ya no es el desarrollo concebido sólo como crecimiento económico y distribución de sus beneficios, sino algo más complejo y multidimensional que incluye dichas dimensiones, pero las sobrepasa, reconfigurando un nuevo paradigma de desarrollo que se referencia en términos de calidad de vida. Pero ésta, del mismo modo que la felicidad no tienen una definición objetiva que puedan operacionalizarse a través de indicadores de aceptación sustantiva, como tampoco estructuras y actores claramente establecidos como en el caso del crecimiento económico, ni tampoco un solo “locus”, cual es la sociedad nacional, sino que combina conceptos universales (la globalización de los Derechos Humanos) con las propias percepciones y aspiraciones de los muy diversos grupos humanos. Ello implica de nuevo un desafío para los actores sociales pues no es posible que uno sólo exprese o encarne este principio como el movimiento obrero o empresarial o el Estado podían expresar el principio de desarrollo económico. Así, junto a la integración y la igualdad, aparece como principio básico en este tipo societal la cuestión de la diversidad cultural y de la interculturalidad en una misma sociedad-polis. (Garretón, 1997)
Por otra parte, surge de la caracterización de esta sociedad postindustrial preocupantes situaciones, asimetrías y tensiones que se contrastan de manera rotunda con los paradigmas de desarrollo sustentable. Precisamente, si hay un claro ejemplo de ello, lo encontramos en los países latinoamericanos y del Caribe, en los que un elevado porcentaje de sus poblaciones se encuentran excluidas de los beneficios de la comuniciación, la información y del conocimiento, así como de los bienes y servicios básicos que garanticen niveles aceptables en términos de calidad de vida.
Las transformaciones, también remiten a plantearse de manera inédita la cuestión de enfrentar la vulnerabilidad después de las protecciones, en “una sociedad que se vuelve cada vez más una sociedad de individuos” (Castel, 1997). La participación en colectivos en el modelo industrial, aseguraba la identidad social de los individuos y lo que Castel denomina la “protección cercana”.
El individualismo moderno, desafía todas las formas colectivas de encuadramiento y el modo de articulación del individuo y colectivo, que sin sacralizar, conservó el “compromiso social” hasta principios de la década de 1970. Hoy asistimos al desarrollo de nuevos procesos de individualización, con efectos contrastantes: por un lado el individualismo positivo (autonomía, libertad, calidad de vida, felicidad) por el otro, el desarrollo de un individualismo de masas socavado por la inseguridad y la falta de protecciones.
Se trata, siguiendo a Robert Castel, de una paradoja, cuya profundidad hay que sondear, uno vive más cómodo en su propia individualidad, cuando ella está apuntalada por recursos objetivos y protecciones colectivas.
III. La cohesión e inclusión social, democracia y desarrollo
No hay una acepción clara y unívoca de los conceptos de cohesión ni de exclusión-inclusión social. Esta característica polisémica ocurre con muchas de las conceptualizaciones que buscan explicar una realidad cambiante que apenas acabamos de comprender, por lo que abundan ramificaciones conceptuales, divergencias en los discursos y falta de conocimientos empíricos. También en este caso hay posturas ideológicas y políticas diferentes.
Hay una relación intrínseca entre la inclusión social y la provisión de mecanismos de integración y plena pertenencia a la sociedad. Asimismo, el trabajo continúa siendo un factor sustantivo, en función que aún, en esta sociedad postindustrial, continúa operando como un satisfactor reconocido frente a múltiples necesidades humanas de tipo existencial (Max Neef, 1996). No obstante, el concepto de cohesión social tiende a verse constituido además por otros conceptos de género próximos, como la equidad, la inclusión social y el bienestar y a su vez, tienen estrecha vinculación con los conceptos de ciudadanía y democracia. Precisamente inclusión y pertenencia o igualdad y pertenencia son los ejes sobre los que ha girado la noción de cohesión social en sociedades ordenadas bajo los preceptos del Estado de Bienestar.
Existen múltiples aproximaciones conceptuales de la cohesión social que dependen de cada sociedad y que se distinguen según el rol de los actores implicados, según las áreas a intervenir, los grupos de intereses y del modo escogido para desarrollar dicha cohesión. Decimos que la cohesión social es fruto de las interrelaciones entre individuos libres e instituciones privadas y públicas en un marco de normas y leyes reconocidas como legítimas por toda la comunidad. Particularmente las leyes relativas a los derechos sociales y políticos se encuentran ampliamente legitimadas y existe consenso social sobre su pertinencia.
La cohesión social se vincula a su vez al concepto de exclusión-inclusión social a partir de las relaciones sociales que se genera entre individuos, grupos e instituciones. Son las interacciones sociales las que provocan la visibilidad de ciertos grupos en relación a la sociedad a la que pertenecen.
La cohesión social aparece como un concepto orientador para avanzar hacia sociedades inclusivas, en las que se respeten y hagan efectivo tanto los derechos políticos como los derechos sociales. En ese sentido, la cohesión social es también fuerte elemento de potenciación de la democracia, pues busca canalizar y potenciar el pleno ejercicio de la ciudadanía como condición democrática de la unión de la sociedad y de la autonomía de los individuos.
Debe tenerse en cuenta que muchas exclusiones y discriminaciones tienen raíces histórico-culturales. Pero en el contexto de los cambios generados por los procesos de globalización, la emergencia de nuevos modelos productivos, de nuevas formas de organización del trabajo, de nuevos modelos familiares y de la relación entre géneros, se producen nuevas fragmentaciones y condiciones de exclusión social.
En este marco de fracturas de la cohesión social donde los procesos de exclusión social son dinámicos y cambiantes y los riesgos de las personas de ser partes de esos procesos no sólo afectan a quienes viven situaciones de pobreza, las tradicionales respuestas de las políticas públicas sectorizadas homogéneas y centralizadas resultan adecuadas a esta nueva realidad. Los mecanismos de protección social centralizados en la asistencialidad o las acciones paliativas son una respuesta limitada e insuficiente. Los mecanismos de inclusión social debieran encaminarse a una lógica de protección social sustentada en los Derechos Económicos, Sociales y Culturales que influyen de manera positiva y perdurable en la cohesión social. Con esta impronta de derecho, las políticas sociales contribuyen a que los temores e inseguridades de las personas se reduzcan al tiempo que se previenen las vulnerabilidades y las discriminaciones que causan la exclusión y se actúa sobre ellas.
Es por ello, que la cohesión social se sitúa en la base misma de la democracia y apela a la búsqueda de lógicas de consensos entre actores e instituciones, en el marco de los derechos, como mecanismos que promuevan una plena expresión a las capacidades individuales de las personas, grupos sociales y organizaciones, con el fin de evitar la profundización de formas de marginalización y de exclusión, mediante la reducción de los riesgos y vulnerabilidades.
En sociedades inclusivas, el sistema de derechos humanos es el que le da sustancia a todo el proceso de democratización. Como afirma Bobbio (1991) esta época es el “tiempo de derechos”, pues se ha producido en los ciudadanos una cierta cultura o consciencia de los derechos que no ha cesado de legitimarse. Ello pese a que usualmente se produce una distancia entre la declaración de la existencia de esos derechos y su concreción y garantías a través de políticas publicas específicas.
La cohesión social está sostenida en los vínculos entre las personas y las estructuras sociales. Implica lazos y unión, cuyas formas son diversas, múltiples, lo que hace que en las sociedades existan diversas maneras y posibilidades de cohesión.
Es por ello que la búsqueda de un concepto claro y coherente de cohesión social corresponde a la necesidad de una sociedad que busca definir su propio modelo de desarrollo. La cohesión social se afirma antes que nada como un concepto político, que se plantea como objetivo poner en perspectiva un proyecto de desarrollo, teniendo como base una sociedad moderna que quiere ser legítima y perdurable como sociedad.
Es aquí donde la cohesión social se relaciona con un modelo de desarrollo humano y sustentable en sociedades que reconocen en los derechos humanos y la democracia los ejes fundamentales de su organización. Sus elementos fundantes remiten a la equidad en el acceso a los bienes y servicios públicos, la dignidad individual y colectiva, el pleno ejercicio de los derechos ciudadanos y la participación en proyectos colectivos. En este enfoque, resulta imposible concebir desde el punto de vista de un modelo de desarrollo sustentable que una sociedad conviva con la marginalidad, la pobreza, la exclusión, la violencia o el totalitarismo.
Como sostiene Max Neef, pensar en términos de un Desarrollo a Escala Humana, supone la articulación entre los seres humanos, la naturaleza y la tecnología; la articulación de lo personal con lo social; de lo micro con lo macro; de la planificación con la autonomía y la vinculación entre Estado y Sociedad Civil.
Solo un estilo de desarrollo orientado a la satisfacción de las necesidades
humanas puede asumir el postergado desafío de hacer crecer a toda la perso-
na y a todas las personas. Solo la creciente autodependencia en los diversos
espacios y ámbitos puede enraizar dicho desarrollo en el Continente Lati-
noamericano. Solo el inclaudicable respeto a la diversidad de los innumera-
bles mundos que habitan en el ancho mundo de America Latina garantiza que
esa autonomía no se confine al jardín de las utopías. Solo la articulación de
estas diversidades en un proyecto político democrático, desconcentrador y
descentralizador puede potenciar los recursos sinérgicos indispensables para
la decantación de un desarrollo a la medida del ser humano. (Max Neef)
IV. Aportes desde la Educación Superior
En el intento de resignificar el concepto de cohesión social en relación con la democracia y un modelo de desarrollo inclusivo, proponemos reflexionar sobre los aportes que las instituciones de educación superior y particularmente las universidades públicas realizan a las sociedades en las que se desarrollan, caracterizadas, como ya hemos mencionado, por procesos de fragmentación y exclusión social, por cambios en los patrones de desarrollo y por el riesgo y la incertidumbre como sentimiento epocal.
En tanto instituciones democráticas, autónomas, críticas y creativas, las universidades asumen su compromiso social y promueven, a través de sus políticas institucionales, la más amplia democratización del saber, del conocimiento y de la cultura en diálogo permanente con la sociedad. Esto nos permite definir e interpretar las acciones que responden al bien común; brindando desarrollo académico, científico y tecnológico e interactuando con el Estado y con diferentes actores sociales y socioproductivos.
En la presentación de esta ponencia, no puedo dejar de mirar a mi propia Universidad, la Universidad Nacional del Litoral, que desde su misma creación en 1919 ha nacido, sostenido y materializado los principios y postulados de la Reforma de 1918, convirtiéndola en la primera universidad nacional reformista desde su nacimiento. Todos los componentes centrales de la cosmovisión reformista son los que configuran su ADN y los que a lo largo de su rica historia han otorgado sentido y la legitimidad a las prácticas llevadas adelante en ella.
La adopción del modelo reformista en las universidades públicas latinoamericanas significa, por propia definición, trascender los espacios universitarios alcanzando las esferas culturales, económicas y políticas de la sociedad.
La socialización del conocimiento generado en nuestra Institución nos ha permitido construir fuertes vínculos con la sociedad y protagonizar los procesos de cambio en la región. Docentes, estudiantes y graduados, se integran con organismos gubernamentales, privados y de la sociedad civil, tendientes a concretar acciones transformadoras que permitan el mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos individual y colectivamente a través de la búsqueda conjunta de soluciones a los problemas de la cotidianeidad, sin dejar de atender de manera simultánea, otra de las misiones de la Universidad, esto es pensar y reflexionar en la sociedad del mañana.
Todo sistema democrático se consolida con el fortalecimiento de las instituciones y la participación ciudadana. Es por ello que las instituciones de educación superior deben contribuir a los procesos democratizadores mediante la transferencia del conocimiento necesario para promover la integración de las distintas organizaciones representativas de las necesidades de interés común y su participación en la definición de las políticas públicas. Impulsar relaciones interinstitucionales como la base de sustentación de la democracia deliberativa son también objetivos centrales de las acciones emprendidas por la universidad.
La resignificación de las relaciones entre Universidad – Sociedad pone en debate la inclusión social, cultural y política de los sujetos e interpela a las funciones sustantivas en su compromiso insoslayable de generar y transmitir conocimientos. Este enfoque profundiza el análisis en el campo de la Ciencia, la Tecnología y la Sociedad en lo que hace al valor del conocimiento, a su pertinencia social, a los procesos de enseñanza y aprendizaje, a la determinación de prioridades en las políticas de investigación y extensión y en la apropiación social de los nuevos conocimientos desarrollados.
En este marco, las instituciones de educación superior llevan adelante un conjunto de acciones cuyo objetivo central es sumar esfuerzos hacia una sociedad más inclusiva, justa y solidaria. Son diversos y muy variados los trabajos que sostienen día a día las instituciones educativas y las universidades en particular en ese sentido. Basta con mencionar uno de sus propósitos centrales, cual es la formación de profesionales y a su vez ciudadanos críticos, profundamente democráticos y comprometidos socialmente. Por otra parte, podemos destacar, sólo a título de ejemplo, los programas de capacitación y formación permanente, los programas de capacitación para el trabajo o los programas de desarrollo de emprendimientos socio-productivos, con el objetivo de favorecer la incorporación de vastos sectores sociales al mundo del trabajo; la promoción de la salud comunitaria mediante proyectos que en orden de prioridades abarquen aspectos ambientales y sanitarios; el desarrollo de programas que aportan de manera sustantiva en el campo de la nutrición, de la salud, en el fortalecimiento de la ciudadanía, en los derechos humanos o en el desarrollo sustentable, entre otros aspectos.
La Educación Superior está en condiciones de realizar aportes significativos en términos de cohesión e inclusión social. No solo mediante el pleno ejercicio de sus funciones sustantivas de docencia, extensión e investigación con calidad y pertinencia, sino articulando esfuerzos con el Estado y las organizaciones de la sociedad civil en el diseño, implementación y evaluación de políticas públicas que promuevan el desarrollo sustentable, el pleno ejercicio de los derechos humanos, el emponderamiento de la sociedad, la construcción permanente de ciudadanía, el fortalecimiento de los sistemas productivos y el impulso al desarrollo tecnológico y de los procesos de innovación.
V. A modo de reflexión, recomendaciones y líneas de acción
Como sostiene Pierre Rosanvallon, son los principios básicos, organizadores de la solidaridad, los que se encuentran interpelados. Es significativa la fragilidad del sistema de protecciones: crecimiento de los riesgos sociales, crisis del mundo asalariado, vaciamiento de espacios que otorgaban significación a las prácticas desplegadas por los actores sociales, como el Estado, el trabajo, los partidos políticos, los sindicatos.
Para Cornelius Castoriadis, las crisis del presente, no remiten a una crisis de valores, sino a una crisis del proceso identificatorio, ya que, la creación de un sí mismo individual-social, pasaba por lugares que fueron mutando y no existe ninguna totalidad de significaciones imaginarias o no emerge ninguna, que pueda hacerse cargo de esta crisis de los apuntalamientos particulares. No existe una representación de la sociedad como morada de sentido y valor e inserta en una historia pasada y futura.
Se requiere de un esfuerzo intelectual aplicado al análisis de la realidad en su complejidad y una voluntad política de dominarla, imponiendo la claúsula de salvaguarda de la sociedad, que es el mantenimiento de la cohesión social.
El poder público es la única instancia capaz de construir puentes entre los dos individualismos a los que hiciéramos referencia con capacidad de impulsar y sostener procesos de cohesión e inclusión social. Las antiguas formas de solidaridad, están demasiado agotadas como para reconstruir bases consistentes de resistencia.
Se requiere de un Estado estratega que redespliegue sus intervenciones para acompañar este proceso de individualización, desactivar los puntos de tensión, evitar las fracturas y “repatriar” a quienes han caído debajo de la línea de flotación. Incluso un Estado protector, pues en una sociedad hiperdiversificada y corroída por el individualismo negativo, no hay cohesión social, sin protección social.[3]
Es en este sentido, que las Instituciones de Educación Superior renuevan sus esfuerzos institucionales y académicos, tomando como referencia lo expresado en la Conferencia de la Educación Superior para América Latina y el Caribe (Cartagena de Indias, 2008) y en la Conferencia Mundial de Educación Superior (Paris, 2009), en contribuir de manera efectiva a superar todo tipo de exclusión, marginalidad y pobreza, con la firme convicción que sólo es posible alcanzar un desarrollo humano y sustentable si se logra construir una sociedad inclusiva y con plena cohesión social.
Sin lugar a dudas, tanto de la Conferencia en Cartagena de Indias como de la Conferencia Mundial en París, así como también de los diferentes encuentros de las instituciones de educación superior a nivel nacional como regional, surge una nutrida agenda de trabajo para los próximos años con aportes sustantivos a la democratización y emponderamiento de la sociedad; a la cohesión e inclusión social; al desarrollo sustentable y a la calidad de vida. Esta agenda, interpela a las instituciones de Educación Superior y a su relación con el Estado y la Sociedad. Orienta sus políticas académicas e institucionales hacia una mayor integración de sus funciones sustantivas (docencia, extensión e investigación) en la búsqueda permanente de calidad y pertinencia. Promueve una mayor participación en las políticas públicas y su integración académica y científica con el mundo. En definitiva, esta agenda de trabajo proyectada para esta nueva década que comienza en este 2010, parte del convencimiento de asumir que calidad, autonomía, democracia, pertinencia, compromiso social e integración son conceptos inseparables de un modelo de universidad que contribuye de manera sustantiva a la cohesión e inclusión social y al desarrollo sustentable.
Bibliografía
Andrade, Larry (2006) (compilador) “Lo social: inquieto (e inquietante) objeto”. Editorial Miño y Dávila. Buenos Aires- Argentina
Beck, Ulrich (2008) “La sociedad del riesgo mundial”. Editorial Paidós- Buenos Aires.
Carballeda, Alfredo (2005)” La intervención en lo social”. Espacio- Buenos Aires
Castel , Robert (1997) La metamorfosis de la cuestión social- 4ta. Reimpresión, 2006. Paidós-Estado Sociedad- Buenos Aires
De Ipola, Emilio (compilador) (1998) “La crisis del lazo social”. Eudeba- Buenos Aires- Argentina
Garretón, Manuel (1998) “La Sociedad en que vivi(re)mos” Revista Estudios Sociales N° 14. Editorial Universidad nacional del litoral- Santa Fe-Argentina
Rosanvallon, Pierre (1995) “La nueva cuestión social” Edit. Manantiales- Buenos Aires- Argentina
[1] Los riesgos para Beck, significan, “acontecimientos futuros que es posible que se presenten, que nos amenazan… invaden nuestra mente y guían nuestros actos, resulta una fuerza política transformadora”. La materialización del riesgo produce una catástrofe, que está definida temporal y espacialmente.
[2] Manuel Garretón caracteriza los modelos societales, a partir de los tipos ideales, en términos weberianos
[3] Robert Castel “La metamorfosis de la cuestión social”(pag. 478)